miércoles, 26 de noviembre de 2014

Un día (a)típico en el tren

He dedicado más de un post a mis aventuras y desventuras en el tren. La primera vez que pisé la estación de Atocha me sorprendió ver tanta gente moviéndose como hormigas. Era finales de julio, no podía ni imaginar cómo sería aquello cualquier otro mes, sin gente de vacaciones y mucho menos que algún día formaría parte de esa marabunta. Pero incluso inmersa en esa masa, caminando con el piloto automático activado viendo figuras sin cara, encuentro todos los días gente conocida. Ya he hablado de Diego (él es mi habitual estrella ahora mismo), pero también están el padre moderno que viaja con su niño de cuatro años, los dos grupos de marujas que cuando se enzarzan en una discusión se las oye al final del vagón (menos mal que no coinciden en el mismo tren)… Personas a las que veo con mucha frecuencia, imagino a dónde irán a trabajar, qué historia habrá detrás de cada una, personas a las que echo en falta cuando de repente dejo de verlas sin haber cambiado mis hábitos.

Uno de mis habituales más antiguos es el Flautista de Hamelín, músico ambulante que toca la flauta de pan acompañado de música enlatada. Tengo que decir que ojalá no volviera a encontrármelo, al menos cuando da uno de sus estridentes conciertos. Odio escuchar la música a todo volumen a las ocho y media de la mañana, odio el sonido agudísimo de la flauta taladrando mis tímpanos, odio cómo desafina, odio que no cambie el repertorio, odio cuando dice “Perdonen las personas que van leyendo” mirándome a mí y también odio que me mire mientras toca, como para dedicarme la canción.

Esta mañana me senté en un sitio diferente, también cercano a la puerta. En la parada siguiente se subieron el Flautista y Diego. Como muchas otras veces iba enfrascada en mi lectura y no los vi hasta que el Flautista empezó a probar el volumen. Hoy destrozó We are the world. Además de tocar tan mal como siempre, estaba justo entre Diego y yo así que no podía verlo, claro que después del ridículo que hice la semana pasada en los tornos tampoco me apetecía. Me sentía demasiado pequeña. Volví como pude a la lectura, es decir, leyendo una y otra vez la misma oración hasta que se terminó la canción. No sé si fue por influencia de la lectura, pero cuando bajé de ese tren me sentía mejor respecto a mí misma.

Por las tardes también tengo, o tenía, habituales. Entre que en Nuevos Ministerios la gente se ve en masa y no con cuenta gotas y que me han cambiado el horario de salida, últimamente solo veo desconocidos. Cuando te subes en un medio de transporte que va hasta los topes es evidente que tienes que reducir tu burbuja de espacio vital al mínimo. Te empujan, te rozan, respiran en tu cogote. Aunque hay situaciones que sobrepasan el límite.

Interior de un tren civia
Fuente: Wikipedia
Como salgo antes, el tren va más lleno. Hoy por suerte había bastantes asientos libres. Me senté en uno del grupo de tres, como el de la foto, en un extremo. Al otro extremo un hombretón con forma de barrica. De pronto, una figura enorme (ENOOOORRRRRME) se acercó a nosotros con paso pesado. Ni siquiera miró el asiento individual que estaba libre. Fijó su radar en el asiento que había entre barrica y yo y se dejó caer desbordando todas sus carnes sobre mí, al fin y al cabo hacia el otro lado no había sitio. No me gustaría transmitir desprecio a las personas con obesidad mórbida, ni siquiera soy delgada. Pero no estoy hablando de una persona gorda como el señor del otro extremo, estoy hablando de una persona que ocupaba tranquilamente dos asientos, que iría mucho mejor en el asiento individual y que, sin embargo, escogió ese pequeño hueco a sabiendas de que iba a invadir algo más que la burbuja de dos personas. Me separé un poco para dejarle más sitio. Aun así, me quedé medio retorcida y llegué con un dolor espantoso en las lumbares.

¿Creéis que eso es todo? No, no, solo es la primera parte. Este personaje olía fatal. Sí, sé perfectamente que tengo cierta obsesión con los olores. Mi nariz es un poco más sensible que la media, ¡qué le voy a hacer! Lo siento más como un defecto que como una virtud. Cuando alguien huele a grasa rancia, puede ser terrible si entre esa persona y yo no corre el aire, como en este caso. Se me revolvió el estómago, intenté concentrarme en la lectura, pero el malestar no hacía más que crecer. De pronto, un movimiento casi imperceptible por parte de este sujeto enorme. Probablemente nuestros acompañantes de enfrente no lo vieron. Yo sentí moverse sus carnes sobre las mías, su brazo rozar mi brazo desnudo. Y tras dos segundos, la onda expansiva en forma de olor apestoso procedente del interior. Creí que vomitaba, las arcadas me hicieron palidecer, lo sé porque sentí frío en las mejillas. Tuve la impresión de que la gente me miraba, espero que por verme mala cara y no por creer que el pedo era mío. Y, sobre todo, espero que este no sea uno de mis habituales a partir de ahora y se quede simplemente en un desconocido puntual del que puedo contar una anécdota.

2 comentarios:

  1. Maravillosa historia de terror que podía haber funcionado igual de bien en Halloween. A mí no me puede pasar porque en esos trenes voy dos otres estaciones y siempre de pie. Sí sufro a los músicos pero a veces voy yo en mi propio mp3 y el mundo acústico que me rodea se amortigua un poco. Voy en el mío propio. Con esos músicos no sé si pagarles para que dejen de tocar o porque tocan. No lo hago de ningún modo porque yo también los odio tanto que no quiero que haya más, son muchos, son pesados, en realidad no les importa las molestias que causan...

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    1. A veces voy aislada en mi mundo de música, pero el Flautista lleva un amplificador para la música enlatada que lo tapa todo. Y llevo observando desde hace unas semanas que cuando peor toca, más le dan. No sé si por pena o para que lo deje, en cualquier caso lo que consiguen es alentarlo a seguir. Alguna vez han subido buenos músicos, pero como tienen sus territorios...

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