viernes, 29 de septiembre de 2023

Lo que me inspira la música (13): Tanteando el terreno

 


Coincide con ella en la estación desde hace dos años. Después de unos cuantos días sus miradas, por encima de la mascarilla, parecían decir aquí estamos otro día. Ella nunca respondió a esas miradas, no le interesa hacer amigos en un andén. Las mascarillas desaparecieron y él siguió insistiendo, poniendo ojitos, a veces de perro lastimero, otras de cordero degollado, pero siempre queriendo lanzar un mensaje, ella no siempre sabía cuál. Ella siguió ignorándolo y, si en algún momento se cruzaban, su cara seria, casi malhumorada, lo decía todo: no me interesa, get off my back.

Es increíble como hay gente para todo porque cuanto más lo ignoraba ella, cuanto más fea era su cara de perro, más se iba acercando él. Un día hasta se atrevió a sentarse a su lado, él al lado de ella. Entonces ella se fijó en su alianza y decidió escoger otra puerta por la que subir a partir de ese día. Sólo que el tren no es tan grande y a veces entrar por dos puertas diferentes significa llegar al mismo punto en el medio. Ella maldice esos momentos, pero sigue en su empeño de no sentarse al lado de él, si la situación se lo permite.
 
Un día, tras un par de meses sin coincidir, se vuelven a encontrar. O él la encuentra a ella. Y aunque el andén está vacío, decide esperar justo a su lado, sólo un metro de distancia entre los dos. Ella mira al horizonte y ve el tren llegar, así que ni siquiera le compensa poner espacio saludable entre los dos. Pero hay días en que todo sale mal y el tren llega bastante lleno, casi no hay sitios libres, aún menos sitios donde el sol no dé de frente e impida leer, y acaba eligiendo un sitio al lado de él, aunque con un asiento en medio como barrera. Él la mira. Ella lo ignora.
 
Dos paradas después se sube un colega de él. Lo llama por su nombre, pero ella lo olvida. Podría ser Roberto, Felipe o Andrés. Le da igual. Se está enterando de una parte de su vida, la que no lleva con él en el tren, que no le interesa, es más, le molesta estar escuchando, le impide concentrarse en la lectura. Hace el esfuerzo de releer el párrafo para al menos no prestar atención a lo que dicen los otros dos. Y la mala suerte sigue, porque los asientos están todos ocupados, pero nadie se sienta entre ellos. Nadie impide esa conversación simplona entre conocidos, nadie se pone de barrera, nadie impide que él la mire de reojo con la excusa de prestarle atención a su amigo.
 
Al día siguiente ella protesta en su interior cuando lo ve en el andén. Al menos está al fondo, pero a medida que el reloj avanza, él se acerca. Ella no quiere mirar si viene o no el tren, prefiere mirar al otro lado, por donde viene el de sentido contrario y se siente como una idiota porque a quién le importa si viene ese tren o no. A ella no, pero sí le importa mirar, que piense que lo observa a él, que se fija en él, que ha dejado de ser alguien borroso en una multitud para convertirse en alguien nítido a quien seguir la pista, como hace él con ella.
 
Un vistazo rápido para ver si el tren llega ya. Y sí, ahí viene, pero también él, ya a su altura. Entonces ella avanza hacia otra puerta y se sienta en otro vagón. No lo ve. Y de pronto, ahí está frente a ella, cambiándose de asiento, sentándose enfrente para verla.
 
No es que la acose, sólo está tanteando el terreno, pero no le gusta que tipos casados tanteen nada, no con ella.

8 comentarios:

  1. En los viajes diarios en tren, misma hora y muchos pasajeros concidiendo, puedem darse estas situaciones, que no será acoso como tal, o sí, pero que incomodan.

    Bien narrado. Un abrazo, y por trayectos tranquilos en cualquier tren

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que hay gente, como el tipo de la historia, que se toman ciertas confianzas por coincidir todos los días con alguien. Confianza que nadie les ha dado.
      ¡por trayectos tranquilos en cualquier transporte! :)
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Ha sido una delicia leer esta historia con esa música tan inspiradora de fondo.
    Estoy pensando en el tanteo insistente de él. En cómo mucha gente, demasiada, cada día más, no parece entender el lenguaje gestual. Se supone que tantea pero tantea mal. Se acerca y hay rechazo pero como si nada, se salta el cartel de no pase y sigue adelante. Y como ese limbo entre el acoso y el no acoso se convierte en un opresivo punto ciego de la ley. Una delicia de escritura y de historia en un ambiente cotidiano. Saludos
    P.D. La parte en que no dejan leer a la prota y tiene que releer me llega especialmente. Es el día a día de los lectores del transporte público.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y no sólo no entienden el lenguaje corporal, es que les da igual porque no aceptan la negativa. O incluso, y eso no está tocado en el relato, confunden amabilidad con otra cosa.

      Lo de las relecturas es el gran mal de los lectores/as en sitios públicos. Querer y no poder. :D

      Un abrazo.

      Eliminar
  3. El tipo debe ser algún cobrador y ella tiene una deuda, ¿no?:))

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajaja, oye, pues es una buena manera de darle la vuelta. :)
      Un saludo.

      Eliminar
  4. No hay que fiarse nunca de nadie. Algunas personas necesitarían buen escarmiento legal. Que se dediquen a molestar a minerales, fósiles en yacimientos, pero que ni lo intenten con personas.
    ¡A por un buen mes de Octubre! ¡¡¡Y deseando Salud!!!

    Atentamente,
    J u a n Y S u H o r i z o n t e .

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este no creo que llegue a esos niveles, pero sí, desde luego hay gente que sí se me rece que la ley le caiga encima.
      Que tengas buen mes tú también y gracias por caer por aquí.
      Saludos.

      Eliminar