Pues nada, que ya estoy otra vez en la ofi. Las vacaciones
han volado, ya están olvidadas. Si no fuera porque me
compré un vestido nuevo, que llevo puesto mientras escribo esto y que
funciona como prueba de que las cuatro semanas fueron reales, pensaría que agosto
no existió.
Cada año me siento más desmotivada al llegar. El curso
pasado (sigo haciendo el esquema por años académicos) fue muy intenso, para
bien y para mal. Ya sabéis: las oposiciones, la entrevista de trabajo, la
carrera, el tramo final de la Rotten… Sí, el tramo final de la Rotten. Habéis
leído bien. No hablé de ello porque fue doloroso hasta su último día, pero al
fin se largó. Lo celebró media empresa. Y la otra mitad no lo hizo porque tuvieron la suerte de no saber quién era.
A mí me dijo con mucha antelación cuándo se iba, pero igual que Diana, mi jefa anterior, lo fue alargando. El problema para ella era que necesitaba cotizar más tiempo para conseguir el cien por cien de la pensión, pero nunca era suficiente. Así que posponía y posponía y yo nunca veía el fin.
Sus problemas en el trabajo aumentaron. Hacía ya tiempo que la presionaban con más tareas para forzarla a marcharse; cada día rendía menos; la adaptación a las nuevas aplicaciones era un infierno y no digamos el tema de inteligencia artificial. A esto había que añadir sus problemas personales: el cuidado de una madre tiránica, muy parecida a ella con el añadido de que tiene más años; los viajes a esa casa los fines de semana y el regreso a Madrid los lunes de madrugada; la enfermedad de uno de sus hermanos que, aunque fue inventada por su médico loco, fue muy real a nivel emocional para ella.
¿Y con quién pagaba todos sus problemas?
Exacto.
El machaque desde enero hasta su marcha en junio fue de
maltrato psicológico absoluto. Lo pasé peor que en su época de las
pulgas por las faltas de respeto, algo que no sucedió aquella vez. Me trataba
como una mierda y venía al rato a pedirme favores como si no hubiera sucedido nada. Me
dejó en un estado bastante lamentable cuando se fue.
Y la que organizó en su comida de despedida… Madre mía. No
podemos volver al restaurante. Pidió que le cambiaran platos sin motivo, le
faltó el respeto al encargado, despotricó de la empresa todo el rato, menospreció a sus compañeras, ¡sí! A las que estábamos allí, y que le aguantamos tanto. No se cortó ni aunque estaban las compañeras recién llegadas, incluida su
sustituta. Despreció el regalo que le hicimos y boicoteó la llegada de la chica
que la va a sustituir: la dejó sin teclado, sin ratón, sin el sello con el logo
de la empresa y sin silla.
Cuando vino a decirme que Antonio, uno de nuestros compañeros, le había dicho que era la mejor, que la iba a echar muchísimo de menos, que no iba a haber nadie como ella… le paré los pies. Se llevaba fatal con ese Antonio. Tuvieron unas discusiones bastante importantes porque ella se negó hacer muchas tareas que él le pedía. Pero él, en vez de ser discreto y decir simplemente que-te-vaya-bien, le hizo la pelota. No me corté. Le solté que le estaba diciendo eso igual que no se habla mal de los muertos. No sé si le afectó porque no puso cara ni me soltó ninguna barbaridad de su estilo. Tampoco dejó de hablarme, que era lo que deseaba yo. De hecho, a Mike y a mí nos rogó que no perdamos el contacto, que la llamemos como antes.
La sufrí diecisiete años. Casi acaba conmigo dos veces. Me jodió la vida en muchos sentidos, me la jodió más que cualquier otra persona en la que podáis pensar, incluida mi jefa Diana. Creo que no hace falta que os diga cuántas veces la llamaré.
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