Cada mañana al despertarte, tu mente le da la orden a tu
cuerpo de que no se le ocurra moverse ni un ápice. Cuando al fin logras
levantarte, no te apetece desayunar, encuentras mil y una cosas que hacer por
casa con tal de no meterte en la ducha y no es que no quieras asearte, es que
cuando lo hagas, estarás un poco más cerca de tener que salir. Caminas
despacio, no corres cuando ves venir el autobús, así que lo pierdes delante de
tu nariz. Por supuesto llegas tarde para enfrentarte a un día que se hará
eterno. Cada minuto de la jornada desearás que se jubile, que ya no esté ahí
supervisando cada mínimo detalle de tu trabajo y del trabajo de los demás para que
las cosas funcionen mejor. ¿Mejor? Hay cosas que no pueden funcionar mejor,
pero ella quiere desafiar el frenado en la curva de crecimiento. Quiere ser
Dios, en cambio solo consigue desorganizarlo todo. Cuando al fin llegas a tu
casa por la noche, pones una sonrisa para tu familia, aguantas las lágrimas, intentas
dedicarles tiempo de calidad, pero en tu interior más profundo y oscuro quieres
que todo se quede en silencio, que cada uno se vaya a lo suyo para poder
atiborrarte con lo que sea, lo que pilles. Un yogur, la media barra de pan que ha
sobrado, si encuentras un relleno que poner entremedias mejor, ese chocolate
que has comprado para tus hijos. Porque comer es lo único que calma la furia,
el asco, ese millón de hormigas rojas que te corroen el abdomen, las tripas. Hasta que no te sientes empachada, hasta que te
cuesta hasta respirar no dejas de sentir las patitas a mil en tu interior. Cuando
creas que estás calmada vendrá la culpa por el zampe. Y ella, la bruja, la
seguirá, formando un batiburrillo de pesadillas aun estando despierta que probablemente
harán que necesites ayuda para dormir. Ojalá se jubile. Que se jubile de una
puta vez. Con ese mantra te caes en un sueño ligero, desasosegante, pero al
menos la olvidas por unas horas porque su jubilación no acaba de llegar y al
día siguiente repetirás el ciclo imposible de romper.