viernes, 2 de diciembre de 2016

Bronca de otoño

Hoy me han echado una bronca del copón. Hacía como cuatro o cinco años que no pasaba y lo más gracioso de todo es que no me la ha echado ninguno de mis jefes sino la directora del registro. Gracias a esta incidencia he descubierto que esta es otra de esas con una personalidad diminuta y que se ha cebado conmigo porque puede. Sin ser mi jefa directa, tiene una posición superior a la mía. No sé si ha dormido mal, si su marido le ha negado un polvo, si sospecha que su mujer la engaña o acaba de descubrir que su hijo fuma porros. El caso es que la excusa para ponerse como un basilisco era muy pequeña. Ni siquiera ha debido molestarse por algo que es su trabajo, pero como en muchas otras empresas, en la mía la ley que lo rige casi todo es la Ley del Escaqueo.

viernes, 18 de noviembre de 2016

No soy Jane Doe, mi nombre es Dorotea Hyde.


Cuando llegué a esta empresa me llamó la atención que no todos los despachos estaban identificados. Los que no tenían el nombre de su ocupante junto a la puerta eran en muchas ocasiones un gran misterio. Puertas cerradas que, según mi volátil imaginación, ocultaban negocios ilícitos, espionajes industriales, personajes inventados, polvos furtivos… La realidad es que esas personas eran “nadie”.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Un mal día

Esta noche me cogió el frío y me levanté con dolor de espalda, justo en el punto que se contracturó hace un año en el accidente de bici. Me costó levantarme, pero después de hacer unos estiramientos, pude moverme. El dolor está siendo un compañero inseparable, al menos hasta que por la noche pueda tomarme una pastillita.

Violonchello en un poste
Wie Musik Grenzen überwindet,
La salida de la estación fue una odisea. En el andén, siempre voy contra la marea de gente. Nadie se aparta. Yo tampoco, a ver si me voy a caer a la vía porque vengan cinco personas contra mí. Hoy menos. Cualquier mínimo movimiento de desplazamiento era imposible. Aun así, subí a pie el primer tramo de escaleras. No, esta vez no era por mantener la línea. Bueno, qué porras, un poco sí que era por eso, pero cuando llegué al segundo, me sentía tan incómoda, que sucumbí y me monté en las mecánicas. Por mis entradas anteriores, no sé si queda lo suficientemente claro que soy normal, por si acaso, aclararé que no tengo ojos en la parte trasera de mi cabeza. Como los demás, tengo únicamente los dos de la cara. A veces giro un poco el cuello para mirar de reojo si puedo “cambiar de carril”, pero es absolutamente imposible que pueda ver lo que viene detrás de mí. Esta aclaración va por la chica del chelo que subió en esas escaleras mecánicas por el hueco de la izquierda, a pie, apurada.

viernes, 28 de octubre de 2016

Los hombres de La Otra

Cuando Sandra llegó al zulo aún estaba la Lolas. Por aquella época yo les contaba a mis amigos las aventuras de aquella peculiar mujer, pero como Sandra empezó también a hacer de las suyas, enseguida sus anécdotas acompañaron a las de la Lolas. Mis amigos preguntaban ¿Eso también lo hizo la Lolas? No, La Otra. Y La Otra le quedó, excepto en el blog, donde es Sandra.

Perfil de las sombras de pareja de la mano.
Silhouettes, de Nikos Koutoulas
Han pasado unos cuatro años y de pronto, sin avisar, aquella época volvió a nosotras. Muy alterada, qué fuerte, qué fuerte, y su mano moviéndose como si quisiera darme mil tortas, me anunció que Mr. Lolas acababa de enviarle un wasap. “¡Se ha casado y vuelve a España!”. Cómo le brillaron los ojos en aquel momento. Puede que su candidato a amante esté casado otra vez, pero ella se ilusionó con su regreso como si le dijera que venía a verla. Lástima que se vaya a Alicante. “Pasará por Madrid de camino, ¿no?”. Lo que yo decía, ilusionada.

viernes, 14 de octubre de 2016

La boda de Violeta

Foto antigua de boda
ca_20150210_008, de Costică Acsinte Archive
Violeta se ha casado. Estaba tan desesperada que se presentaba diciendo hola, soy Violeta y quiero casarme y tener hijos porque se me va a pasar el arroz, como si estuviera en una sesión de alcohólicos anónimos. Le da igual ser buena en algo, esa era su única meta en la vida. Cosas educacionales. Después de mucho insistirle a su novio, con el que está desde hace once años y convive desde hace unos cinco, el muchachín se arrodilló, sacó un anillo y, entre lágrimas (de ella), le pidió que fuera su esposa. El sábado pasado cumplió parte de su sueño. Celebraron la boda civil, únicamente “para la familia”, luego los invitaron a un banquete con tarta nupcial. Ella con vestido blanco, sencillo pero con cola. Será el verano que viene cuando celebren la boda religiosa en el país de Violeta y se ponga “vestido de princesa”, organice una boda de cuento de hadas con miles de flores y un fotógrafo de verdad.

viernes, 7 de octubre de 2016

¿Pasos para calentar una pizza?

Tengo que reconocer que me he equivocado. Mi radar ha fallado. No voy a decir estrepitosamente. No de momento. Acabo de saber que el nuevo tiene un hijo con una mujer, aunque eso no quiera decir mucho. Lo triste del caso es que no parece muy afectado (siendo generosa al describirlo) por no vivir en la misma ciudad que él y apenas verlo. Eso me dice mucho de él como persona. No sé por qué me siento tan triste por ese niño que no conozco, no entiendo por qué al oírselo decir se me puso una cosa en el estómago.

Hombre joven en monopatín. Niño en patinete.
Father and son, de Guilherme Nicholas
Por otro lado, empezó a contarle a Sandra (yo escuchando por el rabillo de la oreja, justo por esa pequeña rendija que queda entre el auricular y el pabellón auditivo) que el sábado fue a verlo y que como no tenían juguetes en el hotel construyeron un paracaidista con un muñeco de McDonalds y una bolsa de basura. El tipo se dedica al diseño, es creativo, al menos sabe solucionar ese problema infantil de la falta de juguetes. Estaba casi a punto de olvidar su desinterés cuando su historia dejó a su hijo de lado y se centró en él y en el muñequito molón, en lo guay que había quedado, en el éxito que había tenido entre los niños del parque. Su monólogo se centraba en él. En mi texto falta su tono, que lo es todo. Puedo decir “qué guapa” y el que me escucha sabe por el tono si lo digo con sinceridad, ironía, envidia, tristeza o varias de ellas mezcladas en un acorde.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La quinta semana

Quinta semana de trabajo. Me ha costado un mundo encontrar algo sobre lo que escribir. Al tema de la entrada anterior le di muchas vueltas, pero era algo de mi vida privada. Hasta que Sandra no me enseñó las fotos de su fiesta de cumpleaños, no tenía ningún elemento para relacionarlo con la ofi y publicarlo. Y de pronto, los acontecimientos se acumulan.

bailarín de discoteca en una jaula
Man in the machine, de torbakhopper
Primero Violeta, la secretaria del super jefe, nos envía un email invitación para su despedida de soltera. Unas cañas al salir de trabajar un viernes. Pues yo, si no es despiporre y con unos tíos en bolas, paso. Mi clase de Pilates no la cancelo nada más que por urgencias. Sí, un tío en bolas es una emergencia. Sé que es un topicazo, pero a mí no me espera un maromo en casa con la cena hecha y llevando solo un delantal [Shhh, esto es secreto: a ellas tampoco]. Lo curioso de esta invitación es que apenas la conozco. Le ayudé un poco cuando llegó, y nos hemos tomado… ¿cuatro cafés en año y medio? Con Ana solo ha tomado dos y también la ha invitado.  Debo de ser huraña. Si me casara, no haría despedida de soltera en el trabajo, pero en caso de hacerla, no la invitaría porque no tengo ninguna confianza con ella. Quedamos esta mañana para un café sustituto de las cañas. Afortunadamente tanto ella como Sandra tenían que entregarle un trabajo a mi jefa así que fue corto a la fuerza. Lo agradecí. Sólo le dio tiempo a enseñarnos el vestido y poco más. Nada que me interese. En cambio Sandra y Ana hablaron más tarde por teléfono y la despellejaron al estilo Bolton. ¡Uf!

viernes, 16 de septiembre de 2016

Reflexiones: el machismo que no se ve

Hace unas semanas leí en algún sitio en la red que al parecer se montó un revuelo tremendo porque el hijo de Charlize Theron se disfrazó con una peluca de Elsa, la princesa de Frozen. Podría decir que me da igual de qué se vista ese niño, en cierto modo es así, pero por otro lado me hago la pregunta ¿por qué no puede vestirse de Elsa? ¿Tan aberrante es que un niño se disfrace de niña cuando es absolutamente normal que una niña se disfrace de niño? Yo me disfracé de princesa un año, pero también de payaso, y de chino, y de gran inquisidor. En este último no me hace falta remarcar el masculino en negrita porque nunca hubo una gran inquisidora.
Niños. Niño tocando el acordeón. Niña posando de rodillas
Untitled, de Giuseppe Milo

Hace poco más de una semana quedé con una amiga escritora. Las dos estamos peleando por terminar un guion de largo. Le pasé una de las obras que estoy escribiendo y me señaló un par de diálogos que le parecían sexistas. Mientras los escribía me daba cuenta de que lo eran, pero cuando escribo la primera versión no pongo filtros de ningún tipo. Tampoco sería extraño que ese carácter sexista pasara inadvertido. Es algo escondido en un nivel mucho más profundo de mi yo consciente, algo que mamamos desde que somos pequeños, que nos rodea. Aunque cuando se forma nuestra personalidad adulta podemos rebelarnos contra la herencia social, sale en ocasiones como esa, y sale porque está ahí aunque no lo veamos.

viernes, 29 de julio de 2016

A vueltas con el destino

Yamam y yo empezamos a trabajar aquí el mismo día, los dos en el mismo edificio, yo en el primer piso, él en el segundo. Cuando me crucé con él la primera vez le dije hola y él me contestó hello y esa descoordinación idiomática, marcaría nuestra no-relación el tiempo que estuvo en España. Durante nuestros primeros cinco meses, cuando nos encontrábamos fugazmente en la fotocopiadora o las escaleras, lo único que salía de nuestras bocas era mi hola y su hello. Entonces, por sorpresa, en una fiesta que organizaron como babyshower para mi jefa, se acercó a mí con una sonrisa encantadora, luchando contra su timidez, y ¡quién lo iba a decir!, empezó a flirtear conmigo. En ese momento no sabía dónde meterme. Tener que hablar en inglés con un hombre encantador era demasiado para mí, eso sin saber que su intención era ligar. Ya he comentado en otra ocasión que como no suenen sirenas, no me entero de las proposiciones (in)decentes. No sé si fue su sonrisa, su timidez o que al día siguiente una amiga me expuso con claridad la realidad del asunto, pero empecé a sentir algo por él.

I once had a thousand desires. But in my one desire to know YOU all else melted away
Aquella época no fue la mejor para mí en lo personal. Tenía una especie de acosador que me amargó la vida durante tres años, hasta que dejé el grupo que ambos frecuentábamos. Mi autoestima estaba minada, mi confianza en los demás más minada todavía. No quería ni podía estar con nadie porque era imposible para mí creer que alguien que estuviera conmigo me fuera a tratar bien. Así que, aunque Yamam hizo sus intentos, nunca consiguió la respuesta que deseaba. A mis problemas hay que añadir que el pobre seguía comunicándose en inglés, yo me bloqueaba, me tiraba infusiones ardientes por encima de lo nerviosa que me ponía y decía tonterías incompresibles que le hacían retirarse con el rabo entre las piernas. Como veis, la metedura de pata con el italiano buenorro no fue la primera cagada.

viernes, 22 de julio de 2016

Una jaqueca y un moratón

Reloj de agujas, ocho treinta y dos
EightThirtyTwo, de Corey Ramsey
La estación está prácticamente vacía cuando llego. Adelanto a dos mujeres en las escaleras, madre e hija. Cuando suben al andén se pegan a mí y no me gusta. Todo un andén para ellas excepto el metro cuadrado que ocupo yo y se colocan a mi lado. Creo que tenemos un problema, quizás falta de abrazos o quizás se cumple, no solo en desconocidos, la teoría de los veintitrés segundos de la que Claudia Piñeiro habla en Una suerte pequeña. Entre estas dos el silencio crea una barrera de tensión que puedo palpar sin conocerlas. Poco a poco esa tensión me toca, me incomoda incluso cuando empiezan a hablar de tonterías después de veintitrés segundos. Me aparto. ¡Ay! El canto del banco metálico me levanta la piel de la rodilla.